Cuento sin nombre Nº 6

He venido esta noche aquí, señores y señoras del Partido Heterosexual, a compartir mi experiencia como homosexual declarado. Quisiera informarles un poco sobre la aspereza de la vida que llevamos los del partido opositor, aún habiendo superado la persecución política.
En primer lugar, habrá que hablar sobre descubrirse homosexual, que viene siendo más o menos como la varicela. A todos nos llega a distinto a tiempo y edad; pero es seguro, a todos nos llega. Por ejemplo, yo, no me descubrí loca, como dirían ustedes, hasta pasados los veinte, siendo yo aún bastante jovencito. La verdad es que fue un proceso simple, pero tedioso, que hubiera dejado atónito a cualquiera.

Salí yo tarde de una discoteca de moda con algunas líneas y piedras dentro, haciéndome acompañar por mi inseparable Sancho de aquél entonces. Éramos jóvenes ansiosos de nuevas experiencias, que solo buscaban pasar un buen rato, conscientes de lo efímero del ser humano. Decidimos, por nuestra condición y haciendo todavía uso de nuestras facultades racionales, dormir sobre los cueros de un bocho mío. No era ningún hotel cinco estrellas, pero se podía pasar la noche ahí. Mi memoria abarca hasta el momento preciso en que, recostado sobre el asiento, dejo caer mis párpados como caen la bolsa de valores y duermo profundo en demasía.

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Del cristal al agua

Urdidas sombras que gritan por el silencio
del último enfermo que vilipendiado
unge en el cristal
su boscoso camino.

Donde el baúl arrastra
al prófugo del viento, prisionero del mar.
De donde nace el ruido y nadie reclama,
en cambio,
a su muerte blasfema
de carmesí umbral.

Busca el cauce que te arrulla, amigo mío
que quizá ignoran las manchas que te corroen.
Dicen que el carmesí enceguece.
Mas tú regresa a tu pintura en blanco
y con otro viajero navégala desde acá.
Créala, imagínala, idéala,  suéñala.
Que es pasajera
y lo sabes,
y lo saben.

Una vez ahí
Hurta al lugar que desorienta lo mundano.
Donde hasta el cuerpo harapiento es puro.
Porque  enamorado
sonríe al dolor.
Porque no ha conocido
el vacío.

Pero ten cuidado
con la negrura disimulada del abismo.
No nubles la vista hacia allá
donde escándalo sabe a melodía.
Que te arrastraran de nuevo,
y te atan
y te asfixian;
temiendo del  hambre voraz
de su pálido ser que anuncia
y denuncia
sangre derramada al cáliz
del escape que nos ha conseguido la mentira.

Vuelves a tu asiento terciopelo
mientras miras que se desvanece
el centro del mar.

Georgina Escobar, 2014.

Estaciones

Cuando era primavera te la pasabas casi dormido
Atrapado en el mundo del ensueño y jugando en los prados de la juventud.
Veías los atardeceres del tiempo y jugabas al azar, con estar vivo un día más.
Los días de Sol eran tu consuelo, y los de lluvia tu bendición.
Pues eras como una flor que recibía el néctar de vida con agradecimiento.

Eras capaz de decirle a ella “te quiero” y de hacer que su pálida piel se sonrojara.
Eras sincero, inocente y fantástico, nada te detenía, ni tan siquiera la realidad lo lograba.
Tu nombre era como una canción, y tu sonrisa una estrella que brillaba momentáneamente.
En el verano, con el calor arrasador del día  y la brisa cálida en la noche.

Corrías con rapidez tremenda, con el miedo de caer de bruces.
Eras un tornado, un alguien que no es nadie.
Un boom galáctico en el medio de tu propio espacio.
Eran dos, tu y ella, destinados a la felicidad tan codiciada.
Una criatura llena de sentimientos frágiles como tazas de porcelana.

De repente era un peligro estar vivo, pero igual era un riesgo a superar

Dar paso a paso, con seguridad, dando vueltas.
En otoño ya te quedaste sin tiempo.
Las hojas caen con pálida y detenida paciencia,
Esperas una estrella por un deseo.
Esperas porque irónicamente la impaciencia se te acabo.

Es entonces cuando de a dos la cosa es mejor, porque la soledad ya no es una opción

Es más bien un pecado.
El viento es un peligro,
Se llevara lo que mas amas y nada dejara
Y es mejor guardar lo amado a abandonarlo a la merced del olvido.
Entonces en lamento te digo,
Llego el invierno, mi amigo
Levanta tu copa por mí,
Levanta tu copa por ti,
Levanta tu copa por esa dulce primavera recordada.
Porque ya solo puedes afirmar que la vida fue corta
Un sueño del cual no recuerdas el principio y el final ni sentirás
Ya no eres un chico, nadie desea que llores, ni la que amas lo quiere, así que,
“Despierta” te gritaran desde la ventana, entonces será hora de despertar, empacar e irse.

Sara Echeverría, 2012.

La bohemia

La bohème, la bohème
on était jeunes, on était fous
la bohème, la bohème
ça ne veut plus rien dire du tout

—Jacques Plante, fragmento.

Creo que  llegó la hora que lo sepás, Amelia. He sostenido la mentira desde que nos conocimos. Considero que es una mentirita piadosa, o no; algo que bien pudo nunca haber salido a la luz. Vos conocés cada capítulo de mi vida, a excepción de éste que te voy a revelar. Consideralo como un regalo de aniversario, precisamente hoy que cumplimos diez años de casados; también consideralo como una máxima muestra de confianza.

Te amo como a mi vida, pero te desmiento, pues, que no sos la primera persona a la que he amado, como siempre te he dicho. No fuiste vos mi primer amor; fue una bohemia, llamada Julieta.

Te hablo de un tiempo que los menores de veinte no pudieron haber conocido, te hablo de esa época mía cuando frecuentaba las aulas de la Sorbona y tenía mi apartamento en el QuartierLatin. De ésa época cuando desayunaba albaricoques y cenaba en lo más alto de Montmartre, en vigilia de la ciudad de la luz, haciendo mis óleos inspirado en la calma del Sena, que me engatusaba con sus bâteau mouche.

Montmartre en ese tiempo colgaba sus lilas hasta debajo de las ventanas, tan hermoso, tan perfecto, tan simétrico, que servía de nido a los pájaros, y a mí, que me perdía en sus pétalos y balcones. Fue en un día de otoño, lo recuerdo, pues las lilas se marchitaban; fue un día de otoño de noche cuando una serie de hechos, entre ellos la música que se escapaba de entre las paredes y  el neón cuya luz me atraía como mosca a la muerte, me hizo entrar en un cabaret del barrio, para ser exactos, en el  Moulin Rouge. Fue ahí donde nos conocimos, yo, que lloraba hambre, y ella, que posaba desnuda.

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¿La dictadura del cientificismo?

El siglo XIX estaba finalizando y la ciencia se había pretendido como la favorita para solventar los diferentes problemas que habían prevalecido en la sociedad: la máquina de vapor, la electricidad, la pujante economía, la medicina, el optimismo cósmico, la física. En fin, la ciencia le había tendido una mano a la historia y los hombres la habíamos sujetado. Gracias a esta el mundo se fue explicado con minuciosidad, confiamos en su exactitud y llegamos a pensar que sería la única forma de lograr el progreso del mundo.

A través de esta confianza es que se estructuró el dogma del cientificismo, defensora de la ciencia y de la idea que los saberes exactos o con explicación matemática son los únicos merecedores del título de conocimiento y, por ello, camino exclusivo para resolver todos los problemas sociales. Ahora bien, conocemos que nuestra realidad ha sido muy distinta a la expectativa, y aunque se han generado notables cambios, igualmente han habido muchas consecuencias en la modernidad. Ya en su época, Kafka expresó la sensación de desamparo hacía los hombres, pues comprendió que el camino en que transcurre la sociedad no es el correcto, pues se ha impuesto la tiranía del racionalismo. Donde se ha hablado desde la razón, se ha juzgado y condenado en nombre de la razón y se ha muerto por la razón. Es por ello que dos guerras mundiales, dictaduras totalitarias, campos de concentración y subordinación a la tecnología forman parte de la larga lista que la sociedad ha padecido por el uso excesivo del racionalismo, demostrando que no es por si misma garantía de nada, porque a sus realizaciones les son ajenas las preocupaciones éticas. (Sabato, 1951)

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La luna rota

Entre dos rompimos la Luna
Prometimos cosas que no pudimos ni quisimos cumplir
Todo jurado ante ella como testigo
De nosotros y de mil amantes más
Unos para siempre y otros efímeros como nosotros

Fuimos como hojas llevadas por el viento hacia direcciones opuestas
O como un par de lobos terminamos comiendo la piel del otro
Arrancado nuestras gargantas en fervor de destruirnos
Egoísta, hipócrita, amado
Marchito esta mi amor por ti
Muerto esta mi anhelo e idolatría infantil
Muerta esta mí entrega pero vivo mi valor

Pero recuerdo las cosas que ame de ti
Tu risa, tu voz, todo lo que emanaba de ti era precioso para mi
Pero ahora me doy cuenta que un ángel no eras
Ni demonio de mi tormento tampoco
Eras el ser humano que por un momento fue el único en el mundo para mí

Pero al final, no solo rompimos la Luna
Por un momento rompimos la barrera que nos separaba también
Pero todo final marca un principio
Hallare a la Luna rota para arreglarla
Te hallare a ti para despedirme
Me hallare a mí para disculparme
Y hallare a alguien más para equivocarme otra vez
Para prometer cosas efímeras con anhelos eternos a ese astro tristón

 

Sara Echeverría, 2013.

Un día perfecto para el pez plátano

Dos son los puntos fundamentales que se perciben en este enigmático y breve cuento que el estadounidense J.D Salinger publica en 1948: “Un día perfecto para el pez banana”. Tomando en cuenta el contexto del autor, cuya obra—y particularmente este cuento—nace en medio de la posguerra y los sentimientos que esta conlleva. Así, nos sumergimos en una historia que desenvolverá cuatro escenarios que no son más que un preámbulo sutil de lo que se resuelve (o quizá no), en un inesperado final. Estas cuatro atmósferas, aunque se deba intuir, tendrán como punto focal al personaje del cuento: Seymour Glass; mostrándonos la realidad de la que inevitablemente es partícipe, una realidad que grita superficialidad y materialismo y a la vez susurra dolor y desesperanza, cuyo sentimiento evidente en Seymour es opacado por la actitud del ser humano banal que lo rodea.

Volviendo al mensaje del cuento, se pueden analizar distintas ideas que Salinger trasmitirá por medio de su famoso Pez Banana, a partir de la actitud que el ser humano toma para y de sí mismo tras la guerra: de aquel que la sufrió y le caló en los huesos, y de aquellos que prefieren silenciar sus inevitables consecuencias persiguiendo un modelo de vida que dé forma a su existencia.

Destacamos entonces:

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