Sobre “De las Tres Transformaciones”, capítulo de la obra “Así Habló Zaratustra”. Una pequeña reflexión.

La transformación del espíritu inquieto comienza cuando uno que se considera a sí mismo fuerte por cargar con el peso de todo aquello que se le impone, se da cuenta que en realidad este peso lo está desgastando y lo ha reducido a algo dócil y débil, perdiendo totalmente su propia identidad. Con esto último el espíritu deduce que para ser verdaderamente fuerte, necesita deshacerse de dicha carga, consiguiendo así su libertad. Aquella libertad que quizás sea más pesada que la carga inicial, pues es con esta donde nuestro ser incesante se da cuenta que está perdido, y no sabe cómo reconstruirse a sí mismo. Esta es la carga más pesada. Y es por ello que se necesita de una última transformación, quizás la más difícil de todas: el obtener la inocencia y genuinidad plena para poder actuar de acuerdo con lo que necesitamos para renovarnos plenamente. En qué consiste este proceso, aun no lo comprendo, habrá que escuchar un poco más sobre las palabras de Zaratustra.

Georgina Escobar, 2014.

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La rosa de nuestro jardín

A diferencia de muchos, yo no conocí a la boa come elefantes fuera del vientre materno, tal como me lo hizo saber mi madre una vez me vio leyendo. Y quién sabe, quizás si de pequeña, tras leer más de veinte veces el silabario hubiera leído El Principito, tal vez ahora un libro de noventa páginas con dibujitos lo acabaría en menos de 6 horas. No lo sé. El caso es que una vez leído he aquí el fruto de mi tarde de sábado.

Uno de mis colegas me dijo algo como: “pero si El Principito te lo leés en una sentada”, esta afirmación no es del todo cierta para mí. No cuando pienso que no es tan simple como “un libro infantil” pues, a cada vuelta de página Antoine de Saint-Exupéry nos prepara un viaje que no solo consiste en acompañar al principito en su visita por distintos planetas (el del borracho, el empresario, el rey, el farolero….), también es un recorrido profundo hacia la vida humana misma, donde el punto fundamental de la obra es mostrar que el sentido y la belleza de la vida no radica en las situaciones y elementos a los que nosotros (nótese que por nosotros no me refiero únicamente a los adultos) damos énfasis en nuestra gris rutina, sino más bien consiste en encontrar a alguien que sea especial y al que le seamos especiales, volviéndonos únicos ante sus ojos*. Convirtiéndonos en una pieza fundamental en su vida, ocupándonos, como el farolero, en una cosa ajena a nosotros mismos. Esto es la felicidad para el principito.

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Del cristal al agua

Urdidas sombras que gritan por el silencio
del último enfermo que vilipendiado
unge en el cristal
su boscoso camino.

Donde el baúl arrastra
al prófugo del viento, prisionero del mar.
De donde nace el ruido y nadie reclama,
en cambio,
a su muerte blasfema
de carmesí umbral.

Busca el cauce que te arrulla, amigo mío
que quizá ignoran las manchas que te corroen.
Dicen que el carmesí enceguece.
Mas tú regresa a tu pintura en blanco
y con otro viajero navégala desde acá.
Créala, imagínala, idéala,  suéñala.
Que es pasajera
y lo sabes,
y lo saben.

Una vez ahí
Hurta al lugar que desorienta lo mundano.
Donde hasta el cuerpo harapiento es puro.
Porque  enamorado
sonríe al dolor.
Porque no ha conocido
el vacío.

Pero ten cuidado
con la negrura disimulada del abismo.
No nubles la vista hacia allá
donde escándalo sabe a melodía.
Que te arrastraran de nuevo,
y te atan
y te asfixian;
temiendo del  hambre voraz
de su pálido ser que anuncia
y denuncia
sangre derramada al cáliz
del escape que nos ha conseguido la mentira.

Vuelves a tu asiento terciopelo
mientras miras que se desvanece
el centro del mar.

Georgina Escobar, 2014.

Un día perfecto para el pez plátano

Dos son los puntos fundamentales que se perciben en este enigmático y breve cuento que el estadounidense J.D Salinger publica en 1948: “Un día perfecto para el pez banana”. Tomando en cuenta el contexto del autor, cuya obra—y particularmente este cuento—nace en medio de la posguerra y los sentimientos que esta conlleva. Así, nos sumergimos en una historia que desenvolverá cuatro escenarios que no son más que un preámbulo sutil de lo que se resuelve (o quizá no), en un inesperado final. Estas cuatro atmósferas, aunque se deba intuir, tendrán como punto focal al personaje del cuento: Seymour Glass; mostrándonos la realidad de la que inevitablemente es partícipe, una realidad que grita superficialidad y materialismo y a la vez susurra dolor y desesperanza, cuyo sentimiento evidente en Seymour es opacado por la actitud del ser humano banal que lo rodea.

Volviendo al mensaje del cuento, se pueden analizar distintas ideas que Salinger trasmitirá por medio de su famoso Pez Banana, a partir de la actitud que el ser humano toma para y de sí mismo tras la guerra: de aquel que la sufrió y le caló en los huesos, y de aquellos que prefieren silenciar sus inevitables consecuencias persiguiendo un modelo de vida que dé forma a su existencia.

Destacamos entonces:

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