Memoria abierta

 
No, yo no tengo más que una vida; yo no quiero esperar la “felicidad universal”. Quiero vivir para mí mismo; de otra manera es preferible no existir.
—Fiodor Dostoievski.
 

El sonido hueco de la taza me levantó del lapso de distracción en el que me encontraba. La mesera había colocado muy bruscamente la taza de café sobre la mesa, y me había provocado un leve susto. —Muchas gracias.— le dije. A lo que respondió con una mirada vaga y una sonrisa mal hecha. Para simular que había ignorado su gesto, agarré rápidamente la taza y la incliné sobre mi boca, el vapor que despedía el café empañó mis lentes, provocando una pequeña lágrima que logre contener con una inhalación.

No siempre es fácil salir a caminar un lunes en la mañana, en especial después de una continua lluvia que había dejado el clima gris y denso. Yo había sentido en la madrugada como caían las últimas gotas. En los días pasados, los noticieros anunciaron inundaciones y derrumbes, vaticinando la persistencia de tormentas durante toda la semana, pero hoy, el día se había presentado con el cielo nublado, opaco, frío y húmedo. La ciudad se sentía paralizada, se veía en la calle a las persona pasar con sus abrigos y paraguas. Desde la ventana de la cafetería se notaban las pequeñas pozas que se habían formado en la calle. De vez en cuando pasaban algunos carros que hacían salpicar ciertas gotas a la acera, haciendo el característico sonido de neumático calado.

Luego de tomarme el café, dejé la propina en la mesa y salí con un poco de disgusto hacia la calle. Inoportuno cambio sentí al salir, el calor y el silencio que me había acogido en el negocio durante unos 30 minutos había desaparecido, pues al empezar a caminar por la calle sólo lograba escuchar la paralizada ciudad, el caminar de las persona y algunos cláxones de carros.

Yo me dirigía al supermercado del centro de la ciudad, pues debía hacer las compras de cada quincena, mi madre había hecho una larga lista para el escaso presupuesto con el que contaba mi familia. Mi padre había muerto hacía unos meses, mi madre era desempleada, además tenía una terrible enfermedad que estaba terminando con ella cada día. Yo, era el pilar económico de mi familia, que contaba con 3 hermanos, pero había perdido mi empleo hace una semana. Mi tenebroso y gótico jefe, me despidió luego que yo salí en hora de trabajo por una complicación en la salud de mi madre. “Que se muera tu madre” me dijo, ante lo que respondí con un reclamo. —Si no quieres seguir mis reglas, no tendré más remedio que despedirte—. No tuve más que suplicarle por el empleo, pero con la manía de todo ser humano, ocupó mi súplica para aumentar su ego, y tiranizar la hora de mi despido.

Me encontraba en la entrada de la estación de buses cuando vi una escena muy peculiar, en el pequeño espejo que había en unas de las paredes de la estación se reflejaba una señora, de unos 80 años, delgada, pequeña, de complexión curva y torcida, estaba viendo fijamente su imagen, mientras acariciaba sus manos. Una gruesa vena resaltaba en el dorso de una de sus arrugadas y delgadas manos, que denotaban una gran fragilidad. La señora vestía una desteñida túnica color verde que le llegaba hasta las rodillas, en los pies, llevaba unas cómodas zapatillas negras de tela, por el clima, también usaba un suéter de lana gris con mangas deshiladas y un gorro color verde que tenía dos bolitas de lana en la parte alta de la cabeza. Su quijada era aguzada, sus labios y ojos, pequeños, el resto de facciones, irreconocibles, puesto que su arrugada piel, hacía parecer su cara como un monótono saco de piel.

Al ver a la viejita inmóvil frente al espejo, el instinto me obligó a moverme levemente hacia ella, caminando lento, seguro, silenciosamente, para así evitar la posibilidad de asustarla. A medida que me acercaba lograba ver con más detalle su rostro, su boca, su cabello, y en especial lo perdido que estaba su vista. Las caricias a sus manos se intensificaron al estar relativamente cerca, y por un momento, pensé que ella había notado mi presencia, pero rápidamente comprobé que mi suposición era falsa, ya que la viejita no apartaba la vista del espejo.

Al llegar al lado de la señora, logré escuchar su calmada respiración, y en cierta medida me sentí nervioso, pues no sabía como reaccionaría ante mi presencia, como repito, mis movimientos eran puros instintos, ya que yo, nunca me atrevería a irrumpir la tranquilidad de una extraña, y mucho menos tratándose de una señora mayor. Me encontraba atrás de su espalda cuando note que la señora no estaba parpadeando, su respiración se volvía agitada y las caricias a sus manos se aceleraron hasta el punto en que estas se descoordinaron y rompieron con la armonía de sus movimientos. Toque su hombro. En ese momento sus ojos se abrieron y oí salir un suspiro de su boca. La viejita sonrió con gran entusiasmo y soltó una leve carcajada que apenas distinguí entre el ruido de la estación.

No puedo describir exactamente lo que sentí en el momento en el que me percaté que la señora se estaba dando la vuelta, pero puedo asegurar que fue muy reconfortante el ver la gran alegría y sinceridad de la sonrisa de esa señora. La señora me encaró y me sonrió con gran entusiasmo. Note un ademán para decir algo, puesto que abrió la boca, pero al momento de pronunciar las palabras no pudo más que soltar otra carcajada entrecortada con un suspiro, lo cual la hizo parecer que estaba tosiendo.

—Buenos días.- Me dijo la señora.
—Buenos días, de verdad lo siento, no era mi intención asustarla. Estaba pasando por acá y no sé por qué la interrumpí, si me permite, me iré inmediatamente.— La señora se quedó callada por unos segundo, pero después abrió y soltó otra carcajada.
—Pena, es lo que menos debe de tener joven, después de todo, todos cometemos errores.
Al sonreír, la señora denotaba un agregado impresionable. Sus pequeños y flácidos pómulos se movían levemente hacia arriba, ocultando aún más, sus escondidos ojos.
—Muchas gracias, sigo apenado, pero espero que este malentendido quede olvidado.
—No se preocupe, pero dígame joven, que hace usted tan de mañana.
—Bueno.— Le dije. Iré al centro de la ciudad, al supermercado. Tengo que hacer las compras quincenales para mi familia.— La mirada escéptica de la señora, me preocupo por un instante, no sentía que ella estuviera captando mis palabras, ya que no notaba ninguno de los típicos ademanes que se hacen mientras una persona habla sobre la cotidianidad.— Y usted. ¿Que hace en la estación de buses?

Mi pregunta le resultó incómoda, ya que noté en su cara una expresión de disgusto, frecuente cuando alguien no sabe qué decir. Entonces, ella se volteó y se vio en el espejo, pasó un momento viendo su reflejo, en el cual me notaba. Allí me día cuenta de lo pequeña que era, pues vi desde mi perspectiva su cabeza a la altura de mi abdomen.

—Vengo a ver a mi amiga.
—¿En serio?.— Mi interés hizo sonreía a la señora, que nuevamente se dio vuelta para encarar mi vista.
—Si, es una muy buena amiga, tal vez, la mejor que haya tenido. Siempre ha estado presente conmigo.
—¿Hace mucho que se conocen?.
—Desde siempre.– me dijo.– Crecimos juntas, y hemos compartido grandes momentos.

Notaba en su voz una dulzura que prácticamente me cautivó al instante, a través de su reflejo lograba ver un amor y una inocencia que nunca había conjeturado en otra persona; se había ganado mi cariño en cinco minutos de plática, utilizando nada más su mirada quebrantada y su baja voz.

—Hace tiempo.– Me empezó a contar.– Cuando nosotras éramos niñas, solíamos salir a jugar en nuestro cantón. Era una llanura verde, con amplios terrenos y despejados cielos, con muchos árboles y arbustos de múltiples colores, a lo lejos se veían grandes montañas que rodeaban toda la planicie. Nosotras, vivíamos a las afueras del pueblo, y por eso debíamos caminar una larga calle de barro y tierra, que atravesaba nuestro cantón para lograr llegar a la ciudad en donde estudiábamos. Todos los días, a las cuatro de la mañana, salíamos juntas por la calle de tierra, hablando y bromeando camino a la escuela. Permanecimos ahí hasta la una del mediodía, que era la hora de regreso para nuestros hogares. Una vez ya en casa, nuestras madres tenían el almuerzo la mayoría de los días, si no había comida, simplemente llegábamos y empezábamos a hacer las labores; barríamos, lavábamos y atendíamos a nuestros hermanos y padre, para luego, en la noche, dedicar un poco de tiempo a las tareas del día siguiente.— La señora se dio la vuelta y me dijo:

—Joven, serían tan amable de acompañarme hasta mi casa.- La pregunta me resultó extraña, ya que nunca había tenido contacto con aquella mujer, pero la confianza que me había transmitido, me hizo desechar cualquier sospecha.
—Por supuesto.– Le dije. Yo la seguiré no se preocupe.
—Está bien, sígame por favor.– Luego soltó una risa baja, y al mismo tiempo empezó a caminar lentamente hacia la salida de la estación. Yo esperé a que ella tomara un poco de ventaja, y luego la seguí apresurado hasta colocarme a su lado.
—Entonces.–Le dije.

La señora se sobresaltó por un momento. Dio un leve salto, y me volteó a ver, yo me detuve y me acerque a ella disculpándome por haber levantado la voz, que mi intención no era asustarla, y que me disculpara por exigir la reanudación de la historia.

—Pena, es lo que menos debe de tener joven, después de todo, todos cometemos errores.
—Muchas gracias, es usted muy comprensible.
—¿En que estábamos? disculpe.
—Me estaba contando como usted iba a la escuela con su amiga.
—Claro.- Me dijo. Nosotras siempre caminábamos por la calle de barro y tierra hacia la escuela. Y al regresar, hacíamos los oficios en nuestra casa. Mi madre, era muy molesta, y siempre tiraba de mi pelo cuando hacía algo mal, luego, me pegaba con un tronco, o con cualquier cosa que tuviera a la mano, si no lograba huir de ella, me seguían una serie de puñetazos y patadas hasta hacerme llorar. Si tenía suerte, se le olvidaba en la tarde, y si no, le contaba a mi padre, quien seguía con los golpes. Muchas veces lo encontré borracho, y me golpeaba tanto que sangraba de la nariz y de los raspones de mi cara. Pero después que pasaba todo eso, mi amiga llegaba a la casa para consolarme y ayudarme con mis heridas, me lavaba, me curaba, y finalmente me acompañaba en la noche, hablando conmigo y tratando de olvidar todo lo que me habían dicho. Muchas noches, pasamos horas hablando y riendo, otras, llorando y lamentándonos de la vida, o simplemente de cosas cotidianas. Básicamente nuestros momentos juntas fueron muy felices, pero en el momento en que estalló el conflicto en mi país, las cosas cambiaron. Ya no podíamos salir a jugar por las tardes, ya no podíamos caminar en la calle de barro y tierra para ir a la escuela, y ni siquiera podíamos visitarnos. La casa de mi amiga se encontraba a unas cuatro o cinco champas de la mía, y nuestro padres, no nos dejaban salir por ningún motivo.– Acá a la izquierda, por favor sígame joven, ya estamos cerca de llegar a mi casa.

—Está bien. Y qué pasó luego que estalló la guerra.
—Bueno, pues ya nada volvió a ser igual, pasamos más de cinco meses sin vernos, o simplemente sin salir de la casa, yo me quedaba en mi cuarto, sentada junto a la ventana, viendo pasar a los militares que invadían y asaltaban a todas las champas de la zona. Toda mi familia sufrió una gran depresión, que me afectó especialmente a mi, porque yo era la que más disfrutaba de esa pequeña libertad del mundo fuera de casa, simplemente no soportaba estar encerrada, pasar atareada con el oficio y esperando no hacer nada mal para no ser regañada. Un día, mientras estaba junto a la ventana, oí un pequeño ruido bajo esta, abrí el vidrio y saque la cabeza, y vi que mi amiga, estaba en la pared trasera de mi casa. Me hacía ademanes para salir a encontrarla en la parte trasera.. Salí corriendo tratando de no ser vista por mi abuela y hermanos, y por suerte, no había nadie cerca de la puerta, así que salí rápidamente y corrí hacía la esquina, para así llegar a la parte trasera y hablar con ella. Por un momento me había asustado, ya que no la ví atrás de la casa, temí que los militares la hubieran visto, y dudé por un momento que mi imaginación hubiese sido la que hizo mi amiga apareciera en el vértice de mi ventana. Tardó unos segundos, pero finalmente salió de entre los matorrales con dos guayabas, haciéndome un gesto para que agarrara una. Esa tarde hablamos y nos reímos muchos. Se estaba haciendo tarde así que resolvimos en volver a entrar, fue entonces que dijimos que lo repetiríamos el día siguiente, y así, poder hablar nuevamente con mayor frecuencia.

Las visitas secretas se continuaron por más de dos meses, pero la felicidad de las tardes que teníamos en la parte trasera de mi casa, se iba a terminar.— concluyó. Llegamos, ésta es mi casa. Espere un momento, que sacaré la llave para entrar.
La casa de la viejita se encontraba en medio de una estruendosa y contaminada parte de la ciudad. Su fachada, comprendía una larga pared exterior de lámina oxidada, en la cual se veían brotar árboles desde el terreno. Mientras esperaba a que la señora abriera la puerta, vi que en la parte de enfrente se encontraba un pequeño mercado, y una zapatería que tenía la acera muy sucia.

Al entrar, lo primero que se encontraba era el jardín que además ocupaba la mayor parte del terreno. Al fondo estaba la pequeña casa que constaba de cuatro cuartos, uno después del otro, repartidos a lo largo de un corredor. En éste una diminuta cocina se ubicaba al final del pasillo y junto a ésta el comedor, que tenía una sola silla apoyada contra la pared, éstas eran las únicas cosas que se encontraban en el pasillo, divididos por un viejo chinero.
Mientras yo entraba a la casa y cerraba la puerta principal, la señora ya estaba llegando al corredor e inmediatamente después entró a uno de los cuartos. Yo esperé parado en una pequeña grada que del patio daba acceso al corredor. Al salir del cuarto la señora, ignorando mi presencia, caminó hacia el comedor y se sentó en la única silla que estaba junto a la mesa, subió su brazo derecho a la mesa y se quedó sentada, mirando fijamente a la nada, simplemente viendo al frente, yo noté cierta ambigüedad en su mirada, y reconocí incertidumbre en su cara. La señora se quedó, allí, sentada, sin decir nada. Me acerqué, y me coloqué en cuclillas frente a ella, a la altura de su cabeza, y me quede fijamente viéndola a los ojos. Su mirada estaba perdida en el aire. Y aunque interrumpía su campo de visión sabía que ella no estaba consiente de mi presencia.

—¿Qué pasó?—. Le pregunté.
—Un día, en la noche, los militares invadieron mi casa, agarraron a mi madre, padre, abuela, hermanos, tíos, y los colocaron en el piso, con las manos en la cabeza. Yo, que estaba en la ventana, salté, y salí corriendo hacia los matorrales, logré escuchar un tenaz ruido, seguido de seis gritos, pero en el momento del segundo disparo, me encontraba muy lejos para oír los últimos gritos de mi familia. Corría por los matorrales, cuando volteé a ver para atrás, y vi que los militares entraban a la casa de mi amiga. Me detuve. Muchos pensamientos pasaron por mi cabeza. Y corrí. Corrí. Corrí hacia la casa de mi amiga, y cuando me encontraba frente a su puerta, vi que su madre y su hermano estaban tirados en el piso, me agaché, e inmediatamente, me escondí debajo del comedor de mi amiga, desde abajo, veía como los zapatos de los militares pasaban por afuera de la casa. Pero vi como alguien, se detuvo frente a la puerta y entró a la casa, tirando una patada al cuerpo del hermano y escupiendo a la de la madre, finalmente, entró a la habitación contigua al comedor. Y supe que si no hacía algo, mi amiga moriría. Salí corriendo de la mesa y me escondí en la esquina de la habitación, vi como el militar registraba la casa al mismo tiempo que vi como mi amiga salía de un armario en otra habitación; al verla, salí corriendo, haciendo el más mínimo ruido para no ser descubierta por el militar, y cuando estuvimos juntas, entramos al armario y nos abrazamos adentro. Ninguna de las dos dijo nada, simplemente nos quedamos con los brazos cruzados, esperando—.

La señora se quedó callada. En ese instante, no pude contener mi sugestión y le pedí que siguiera con la historia. Pero la señora no respondió nada. Se levantó y caminó hacia un cuarto. Por un instante me quedé perplejo, luego, imitando su lento paso, entré a la habitación donde ella había cruzado. La señora, se encontraba frente a un espejo. Yo me moví un poco hacia ella, caminando lento, seguro, silenciosamente, para así evitar la posibilidad de asustarla. A medida que me acercaba volví a ver su rostro, su boca, sus cabellos, y en especial, vi lo perdido que estaba su mirada. Las caricias a sus manos se intensificaron al estar relativamente cerca, y por un momento, pensé que ella había notado mi presencia, pero rápidamente comprobé que mi suposición era falsa, ya que la viejita no apartaba la mirada del espejo.

—¿Está bien?—. Le dije, tocando su hombro. En ese momento sus ojos se abrieron más y oí salir un suspiro de su boca. La viejita sonrió con gran entusiasmo y soltó una leve carcajada. Se dio vuelta y me dijo.
—Buenos días.

Me quede estupefacto, y reculé un poco. No comprendía por qué la señora estaba actuando de esa manera, pero supe que ella, no me recordaba.

—¿Sabe usted quién soy?.— Le dije.
El silencio irrumpió el cuarto. La señora se dio vuelta, y vio su imagen en el espejo.
—¿Quien es usted?—. Le dije–. la señora sonrió y me dijo con la dulzura de su voz.

—¿Quien soy yo?—Hace tiempo.– Empezó.– Yo tenía una amiga, nosotras, siempre solíamos salir a jugar en nuestro cantón. Era una llanura verde, con amplios terrenos y despejados cielos…
En ese momento comprendí que la señora no sabía quien era yo, ya no me recordaba, ni siquiera sabía quién era ella. Me fijé en sus ojos, y noté que no tenían alma, simplemente estaban vacíos, como coraza, pues, sólo servían como una envoltura, vacía. La viejita había perdido su esencia, había perdido sus recuerdos, y nada mas le queda su imaginación, su realidad, su amiga, ella, viviría el resto de sus días, recordando su reflejo, su más íntima amiga, el cual sería su más íntimo recuerdo, ella misma.

Antes de salir, acompañé a la viejita a su silla. Ella colocó su brazo derecho en la mesa. Y sonriendo, se quedó mirando perpleja al vacío.

Pablo Lizanne, 2013.

Anuncios

Un pensamiento en “Memoria abierta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s