La rosa de nuestro jardín

A diferencia de muchos, yo no conocí a la boa come elefantes fuera del vientre materno, tal como me lo hizo saber mi madre una vez me vio leyendo. Y quién sabe, quizás si de pequeña, tras leer más de veinte veces el silabario hubiera leído El Principito, tal vez ahora un libro de noventa páginas con dibujitos lo acabaría en menos de 6 horas. No lo sé. El caso es que una vez leído he aquí el fruto de mi tarde de sábado.

Uno de mis colegas me dijo algo como: “pero si El Principito te lo leés en una sentada”, esta afirmación no es del todo cierta para mí. No cuando pienso que no es tan simple como “un libro infantil” pues, a cada vuelta de página Antoine de Saint-Exupéry nos prepara un viaje que no solo consiste en acompañar al principito en su visita por distintos planetas (el del borracho, el empresario, el rey, el farolero….), también es un recorrido profundo hacia la vida humana misma, donde el punto fundamental de la obra es mostrar que el sentido y la belleza de la vida no radica en las situaciones y elementos a los que nosotros (nótese que por nosotros no me refiero únicamente a los adultos) damos énfasis en nuestra gris rutina, sino más bien consiste en encontrar a alguien que sea especial y al que le seamos especiales, volviéndonos únicos ante sus ojos*. Convirtiéndonos en una pieza fundamental en su vida, ocupándonos, como el farolero, en una cosa ajena a nosotros mismos. Esto es la felicidad para el principito.

Y es que qué hermosa fuera la vida cultivando sentimientos verdaderos y puros de amistad y amor, representados en una hermosa y única rosa o en un peludo y fiel zorro, y no en el traje que usamos o el costo del techo bajo el que vivimos. ¿Pero qué somos? Individuos aislados en nuestro propio diminuto planeta que solo nos acarrea soledad: “Con los hombres también se está sólo-dijo la serpiente”; seres parecidos a los baobabs, ocupando el lugar de otro y ensanchando nuestro pecho con orgullo al hacerlo, negociando incluso las estrellas. Y aquí estamos sobre nuestro planeta La Tierra, con miles de rosales y sin encontrar lo que buscamos diariamente al tomar el tren. Quizás sea cierto: “-Solo los niños saben lo que buscan. (…) -Tienen suerte-dijo el guardagujas.”, pero si es así, creo que es tiempo para escuchar al principito y buscar en ese jardín aquella única rosa que dará sentido a nuestra vida y la embellecerá.


* ¡He aquí un error! El principito se hubiera reído de mí o me hubiera cuestionado, pues no son los ojos los que contemplan lo esencial de la vida, lo verdaderamente importante, sino el corazón. Y esto lo aprendió de su amigo el zorro.

Georgina Escobar, 2014.

 

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