Augusto Salazar

El día comenzó cuando Augusto Salazar se levantó a las 5 de la mañana. Ese día se sentía emocionado por ninguna razón aparente. Se vistió en 5 minutos y bajó a comer.

Augusto no se percató que estaba solo, así que se sentó en el comedor para esperar que le sirvieran la comida. Pasaron 5 minutos para que se diera cuenta que no había nadie en casa, así que decidió salir. Iba caminando en la acera, siguiendo el sendero, y pensando en dos cosas. La primera, el destino, ya que estaba consciente que desconocía donde pararía. Se dijo que él sólo transcurría, avanzaba, sólo existía, así como el amor que se genera por unos ojos, sólo se siente, ocurre como un destello que desaparece en un instante, parecido al último respiro de un ahogado que llena su vida por un momento, pero se va. La segunda, tenía hambre.

Augusto Salazar no sabía para donde iba, ni siquiera sabía por qué caminaba, pero estaba seguro que quería ver a alguien. ¿A quién? Se preguntó, a mi madre, se dijo. Pero lo cierto es que había muerto hace 5 años, así que probablemente no era ella.

Pablo F. Lizanne, 2014.

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